Lo cual implica, en mi opinión, un problema para quién elabora las encuestas. Imaginemos que yo pertenezco a un Instituto de investigación y un partido político me encarga un estudio. El objetivo del mismo no es tanto saber como va la campaña, sino poder publicar los resultados con una determinada intención. Elaborado el estudio, conozco los resultados directos, los cuales han de ser «cocinados» añadiendo los factores de corrección correspondientes (índices de ponderación, en terminología de investigación). Si yo sé de antemano que un buen resultado podrá ser publicado, mientras que uno malo puede ser enviado a dormir el sueño de los justos, ¿cómo aplico esos factores de corrección?. Y si encima sé que el partido político en cuestión, un muy buen cliente, irá a contratar a otro instituto si mis resultados no le convencen…
Ya sé que alguien dirá, que es cuestión de ética profesional. Por supuesto, pero, «Poderoso caballero es Don Dinero». Resulta sospechosa la correlación que existe entre los resultados publicados por determinados medios (todos, diría yo) y su tendencia ideológica.
Otra cuestión muy discutida suele ser la capacidad de estos estudios para acertar en sus pronósticos. Mi impresion es que aciertan mucho más de lo que se piensa. El motivo de su «desprestigio» es que cuando fallan se airea a los cuatro vientos la equivocación. Cuando aciertan, nadie dice nada.
Y yo me pregunto, ¿Cuántas encuestas son publicadas junto a su correspondiente ficha técnica?. Es más, ¿le preocupa a alguien conceptos tan «difusos» como tamaño de muestra, margen de error, método de muestreo, etc, etc?
Postdata: Me alegra ver que algunos se toman los malos resultados electorales con humor.